Cuando tu plan B te salva del plan A
Buenos días.
Algunos me conoceréis más, otros menos. Así que aprovecho este primer artículo para que sepáis un poco más sobre mí. Mi nombre es Iñigo Salaverria Izaguirre. Aunque cuando empecé, allá por 2020, lo hice bajo un seudónimo: Adrián Salanova.
¿Adrián Salanova?
Resulta que mis padres consideraron oportuno ponerme un segundo nombre: Adrián —que, por cierto, me gusta mucho—. Y cambié mi apellido Salaverria al catalán, Salanova, ya que sonaba mejor. (Para los curiosos: Salaverria significa algo así como «nueva casa»).
En aquel momento pensé que Adrián Salanova resultaba más fácil de recordar y más international —y aún lo pienso—, pero con el tiempo he reflexionado y prefiero que me conozcáis por mi nombre y no por un seudónimo.
¿De dónde eres?
Soy natural de un pueblito del País Vasco, Urnieta, que está muy cerquita de San Sebastián, España. Por casualidades de la vida —que os explicaré más adelante— me encuentro viviendo en el extranjero, a caballo entre Bélgica y Luxemburgo.
¿Qué estudiaste?
Siempre me llamó la atención el mundo empresarial, probablemente influenciado por el espíritu emprendedor de mi abuelo materno. Es por ello que decidí estudiar Administración de Empresas. Pero mi madre decidió unilateralmente que debía hacer ADE más Derecho, ya que, según ella, me abriría más puertas —y a ver quién le lleva la contraria a una madre—.
Curiosamente, acabé disfrutando más del Derecho. Y es que ahí fue donde conocí a mi novia. Ella era la mejor alumna con diferencia y podríamos decir que yo me nutría de sus clases particulares.
Y, ¿los relojes?
Durante los años universitarios, compaginé pequeños trabajos con los estudios. En uno de esos trabajos ayudé a un gran amigo en su restaurante. Cuando nos quedábamos charlando, yo siempre le comentaba qué relojes llevaban los artistas famosos. Y un día me dijo: “Tío, ¿por qué no hablas de esto en YouTube? Seguro que a mucha gente le podría interesar”.
Grabar y editar vídeos siempre fue un hobby que tuve, y los relojes ya me tenían encandilado. Si hacía vídeos, podría profundizar en el tema y aprender más. Mirando atrás, no sabía nada. Pero empecé. Y así se aprende.
El segundo vídeo que hice logró 300.000 visitas. Nada mal. Hablaba sobre Richard Mille. Seguí subiendo vídeos, mejorando poco a poco la calidad, la narrativa y los guiones. Casi llegué a los 40 vídeos y aprendí un montón en poco tiempo, pero llegó un momento en que se me hizo cuesta arriba.
Compaginar la universidad, el baloncesto —como jugador, monitor y árbitro— con los vídeos era una tarea complicada. Tuve que dejar YouTube, pero por suerte llegó TikTok, que me dio la oportunidad de seguir haciendo lo que me gustaba, pero con vídeos cortos, fáciles de editar y con gran alcance.
Ser constante en el tiempo tiene su recompensa
Gracias a estar en redes, conseguí prácticas de marketing en la difunta Chronoexpert. Esta empresa, situada en Bilbao, tenía como inversor al fondo K-Fund y estaba en Lanzadera —una especie de plataforma de cultivo para startups que pertenece a Juan Roig, dueño de Mercadona—.
En el tiempo que pasé ahí, algo más de un año, aprendí bastante sobre el mundillo. Escribía los artículos para el blog, subía contenido a Instagram, incluso entrevisté a algunos referentes españoles de la relojería. Y lo mejor: era la primera vez que podía tocar relojes de verdad. Un día tuvimos un Audemars Piguet Royal Oak con calendario perpetuo y en cerámica negra. En mi cabeza no comprendía cómo alguien podía comprar un reloj de 180.000 euros por internet.
¿Qué haces en Luxemburgo?
Tras terminar la carrera, caí en el apasionante mundo de la auditoría. Comencé en Deloitte, en San Sebastián. Aunque lo pasé realmente bien, no se podía prosperar. El salario era muy precario. Pero, por cosas del destino, me vino Dios a ver. Era diciembre y estaba auditando, junto con un compañero, una empresa de papelería. Como todo buen trabajador de Big4, me tomé un momento para mirar ofertas de empleo en LinkedIn. Para mi sorpresa, me contactó un chaval que trabajaba en Luxemburgo. Buscaban gente y me animó a echar el currículum.
¿Luxemburgo? Jamás se me había pasado por la cabeza. No tenía nada que perder. Hice las entrevistas y me cogieron. Y allá que me fui. La auditoría es un trabajo con sex appeal negativo, pero ser auditor de Private Equity en Luxemburgo suena algo mejor.
Y, ¿ahora qué?
Han sido tres años trabajando de sol a sol en un trabajo que me traía por el sendero de la desesperación. Mi mente no procesa que existan personas capaces de hacer eso toda su vida. Yo tenía un plan B. Cada fin de semana, con constancia y paciencia, iba construyendo lo que veis en redes. Finalmente, llegó el día en el que tomé la decisión de decir adiós a las hojas de cálculo y dedicar el 100 % de mi tiempo y energía a lo que de verdad me gusta: los relojes.
Unos me han dado la enhorabuena y otros piensan que estoy loco. Yo soy un optimista radical. El futuro está por construirse. Los proyectos que tenía en mente irán viendo la luz y estoy segurísimo de que, con esfuerzo y sacrificio, saldrán genial.
Deja de enrollarte tanto… ¿de qué nos vas a hablar aquí?
Despertar la pasión relojera en la gente es lo que más disfruto. Aunque suene cursi, es la verdad. Por desgracia, en Instagram o TikTok solo tengo un minuto y medio. En cambio, la escritura es un medio que te permite desarrollar tus ideas sin miedo a que se acabe el tiempo.
No soy ningún experto, ni lo pretendo. Eso se lo dejo a los haters que no aportan nada. Yo me considero un entusiasta que cada día aprende algo nuevo sobre relojes y tiene ganas de compartirlo. Aquí quiero crear una conversación, un intercambio de perspectivas y de conocimiento. El blog no será un panfleto publicitario de las marcas.
Aquí se va a poner un ojo crítico, desenfadado y, sobre todo, entretenido sobre la relojería. Trataremos todo tipo de contenido: desde cómo se mueve el mercado hasta la historia de las grandes casas, pasando por anécdotas interesantes, novedades y, cómo no, las polémicas del momento.
En definitiva, ¡nos lo vamos a pasar genial!
Los artículos os llegarán entre semana a las 7:30 a. m., hora española, para que los disfrutéis de buena mañana con un café. Aún estoy por decidir cuántos escribiré por semana. Estaré encantado de recibir sugerencias.
Si has llegado hasta aquí… ¡muchas gracias y bienvenido!
Iñigo Salaverria
