Lo que aprendí en la Séptima Planta de Tiffany’s
Resulta que Ramón (@tarjetastudio), del cual os he hablado en anteriores artículos, se encontraba trabajando en los Hamptons, que es donde veranean los mega ricos de Nueva York. Mi querido amigo, me invitaba constantemente a visitarle a la Gran Manzana, pero yo, como buen esclavo, iba atrasando la compra de los billetes por falta de vacaciones en la empresa. Hasta que un día decidí cogerme unos billetes e ir a verle.

No iba a ser mi primera vez, ya había estado una vez en con mi familia. Tenía 12 años y recuerdo que, bajando del Empire State, mi madre me perdió de vista durante casi una hora. Se agobió cuando los de seguridad le dijeron que era normal que secuestrasen niños. Tanto al parece que decidieron hacer Solo en casa 2: Perdido en Nueva York. Fuera de bromas, yo estaba con mi padre y mi hermano y habíamos bajado antes por otro ascensor. Y ya cuando nos encontramos de nuevo abajo, mi madre me echó una bronca del demonio. Yo le dije: “Madre, uno solo se pierde si no sabe dónde está.” No sirvió de mucho.
Esta vez, en el vuelo de ida, no fui yo quien se perdió, sino el avión. Resulta que mi conexión venía con retraso y, al final, acabé llegando un día más tarde. Lo bueno es que me indemnizaron y me salió gratis. Cruzar el charco solo se hace bastante pesado hasta que el tipo viene a buscarte al aeropuerto en un Cadillac te da conversación durante mas de una hora hasta el hotel. Cuando llegué, me acordaba de Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí. ¡Cómo puede vivir tanta gente en este lugar! Nueva York es la cúspide de lo cosmopolita, hasta la extenuación…

Mi amigo me hizo de anfitrión y me descubrió sitios a los que solo iría con él. Una noche aterrizamos en el Bemelmans Bar, un bar legendario en el Carlyle, en el Upper East Side. El local estaba lleno de lobos de Wall Street, haciendo buen uso de sus narices y rodeados de mujeres bellas, mientras un grupo de jazz tocaba de fondo. El barman, sorprendentemente, era español, de Extremadura. Un tipo rudo, con barba, aspecto de marinero y de conocer los secretos más oscuros de sus clientes. Hacía los martinis con cara de pocos amigos, pero nos los preparó como nos gustan: dirty dirty.

Entre martinis de precios desorbitados, Ramón me contó la historia del mural del bar, que lleva el nombre de su autor. Y es que Ludwig Bemelmans —el mismo autor de los cuentos infantiles de Madeline— fue quien ilustró las paredes del bar a cambio de un año de alojamiento gratuito en el hotel. Dicen que acabaron echándole.
Aprovechando el viaje, yo quería grabar en la Diamond Street. Imagino que impulsado por cientos de vídeos que he visto de tiktokers que intercambian relojes ahí. Para quien no la conozca, es una calle donde solo hay tiendas de compraventa de relojes y joyas. Pero cuando llegué, ¡Aquel lugar era terrible! Es la peor calle de la ciudad: no hay glamour, no hay lujo, no hay estilo, no hay clase, no hay elegancia. Parece venta al mayor postor, está sucio, sientes que te vigilan por todos lados y, cuando entras a una tienda, te gritan en busca de deals como si se tratase del zoco de Marrakech. No volveré jamás. Aun así, grabé algo para TikTok.

De ahí nos marchamos a los aledaños de un edificio muy famoso: el Tiffany de la Quinta Avenida. Famoso por la película Breakfast at Tiffany’s (1961), donde Audrey Hepburn desayuna frente a sus escaparates con su vestido negro de Givenchy. Es un edificio que impone por su estructura que me recuerda a un gran monolito y con estilo art déco, tan característico de los años 40, que te hace sentir pequeño. Pero nosotros no le tenemos miedo a nada —sobre todo Ramón—, que me dijo: “Vamos para dentro.” Y allá que fuimos.

Entramos confiados, como si fuésemos a atracar el lugar, y le preguntamos a las dependientas dónde estaba la sección de Patek Philippe. Nos señalaron el ascensor al fondo del vestíbulo y nos dirigimos a la séptima planta. Mientras subíamos, le contaba a Ramón cómo Patek Philippe y Tiffany tienen un acuerdo puramente verbal desde hace más de 170 años, sellado con un apretón de manos en 1851 entre Antoine Norbert de Patek y Charles Lewis Tiffany.
Ya en la planta, nos asomamos sin timidez alguna, como si fueramos dos peces gordos, a la boutique. Había unas piezas espectaculares: calendarios perpetuos, repetidores de minutos, las últimas novedades… Y, además, los relojes vendidos en Tiffany’s llevaban el doble sello en la esfera —“Patek Philippe / Tiffany & Co.”— por el cual muchos coleccionistas pagan aún mayores sumas.

El encargado, un tipo espigado, de tez oscura, aspecto agradable y de unos treinta y pico años, se nos acercó a preguntar si necesitábamos algo. En ese momento empezamos una gran conversación. Le conté mi afición por la relojería y comentamos los relojes que más nos gustaban de la boutique. Él claramente sabía que no éramos clientes “para el presente”, pero eso en Patek no es un problema.
De hecho, llegó en un momento dado un típico neoyorquino de 1,90, probablemente ex Ivy League y ahora en algún fondo de Private Equity, con ganas de gastar. El señor buscaba un Nautilus y alardeaba de tener el dinero para pagarlo, a lo que el encargado, amablemente, lo mandó a paseo. Creo que estaba tan a gusto hablando con nosotros que no tardó ni cinco minutos en deshacerse de aquel tipejo. Poder de marca lo llamo.
Nos contó su experiencia en diferentes marcas y cómo había conocido al mismo Thierry Stern, actual dueño de Patek. Le caímos tan bien que acabó metiéndonos en una sala VIP y nos confesó qué clientes habían estado allí la última semana. Solo os diré que era un cantante pelirrojo muy simpático. En esa sala nos sirvió champán y nos regaló un libro de la casa.

Ahora dime tú: si te tratan así cuando no eres nadie, ¿el día que lo seas, te comprarás un Patek o no?
Otro día os seguiré contando más sobre mis aventuras en la ciudad que nunca duerme…
Iñigo Salaverria